Todavía me acuerdo la primera vez que vi la Isla Quiriquina.
Venía llegando desde Talcahuano, con más nervios que otra cosa, tratando de hacerme el tranquilo, pero por dentro iba con la guata apretada. Uno a esa edad cree que está preparado para todo, pero cuando empieza a alejarse del continente y ve la isla ahí, firme, rodeada de mar, se da cuenta de que la cosa va en serio.
No era llegar a cualquier parte. Era llegar al lugar donde uno dejaba de ser cabro y empezaba, de a poco, a convertirse en marino.
Era el año 1982. Otros tiempos. Otra Armada. Otra forma de hacer las cosas. La Escuela de Grumetes en la Quiriquina tenía algo especial, algo que uno no entiende al principio, pero que con los años empieza a valorar. La isla era dura, fría, húmeda, exigente. Pero también tenía una mística que se te metía en la piel.
Los primeros días fueron pesados. Todo era nuevo: las formaciones, las órdenes, los horarios, las revistas, el frío de la mañana, el cansancio en las piernas y esa sensación de estar lejos de la casa aunque Talcahuano estuviera ahí mismo, al frente. De noche se veían las luces del continente y uno pensaba en la familia, en la comida de la casa, en la vida que había dejado atrás. Pero al otro día sonaba la rutina y no había tiempo para ponerse sentimental.
En la Quiriquina uno aprendía rápido. Aprendía a levantarse aunque no quisiera, a ordenar sus cosas al milímetro, a caminar derecho, a hablar cuando correspondía y a quedarse callado cuando era mejor hacerlo. Aprendía también que el mar no era un paisaje bonito para mirar desde lejos. El mar era parte de la vida, parte de la formación y, de alguna manera, parte del carácter que nos estaban formando.
Pero no todo era disciplina y exigencia. También estaba la camaradería, esa que no se enseña en ninguna sala de clases. Esa nacía sola, en el cansancio, en el frío, en los momentos en que uno veía al compañero medio bajoneado y le daba una mano sin decir mucho. Uno compartía lo poco que tenía: una conversa, una carta de la casa, una talla, un pedazo de pan guardado, una ayuda rápida antes de una revista.
Al comienzo todos éramos desconocidos. Había cabros del norte, del sur, de pueblos chicos, de ciudades grandes, hijos de marinos, hijos de obreros, cabros que nunca habían salido de su casa y otros que ya venían con mundo encima. Pero la isla nos fue emparejando a todos. Allá no importaba tanto de dónde venías, sino si eras capaz de aguantar, cumplir y no dejar botado al de al lado.
Una de las cosas que más recuerdo eran las noches. La Quiriquina de noche tenía otro aire. El viento sonaba distinto, el mar golpeaba con más fuerza y el silencio se hacía más grande. A veces, después de jornadas largas, cuando el cuerpo ya no daba más, igual quedaba esa energía rara de juventud, esa mezcla de cansancio, frío y ganas de vivir algo que después pudiéramos contar.
Ahí nacían esas historias que uno nunca sabe bien si fueron tal como se cuentan o si con los años se fueron agrandando. Pero pasaban. Y una de las más recordadas eran los famosos baños de mar a altas horas de la noche.
No era algo bonito ni cómodo. Nada que ver. El agua estaba helada, pero helada de verdad. De esas que te cortan la respiración apenas metes los pies. El viento pegaba fuerte y uno bajaba tratando de no hacer mucho ruido, entre risas contenidas y miradas nerviosas. Éramos cabros, al final. Cabros con uniforme, sí, pero cabros igual.
Cuando entrábamos al agua, el cuerpo entero reclamaba. Uno sentía el frío hasta los huesos. Pero después venía esa sensación difícil de explicar. Como si el mar te estuviera dando la bienvenida a la mala, sin cariño, pero con verdad. Ahí uno entendía que el océano no se dominaba, se respetaba.
Salíamos tiritando, muertos de frío, pero contentos. Nadie decía grandes frases ni hablaba de patriotismo en ese momento. No hacía falta. Bastaba mirarse las caras para saber que habíamos vivido algo juntos. Una tontera quizás, visto desde afuera. Pero para nosotros era parte de empezar a pertenecer.
Al día siguiente seguía todo igual. Formación, instrucción, clases, ejercicios, orden, cansancio. Nadie andaba contando mucho. Pero entre los que habíamos bajado esa noche al mar quedaba una complicidad especial. Una mirada bastaba para acordarse del frío, de la oscuridad y de esa sensación de estar haciendo algo que, de alguna manera, nos unía más.
La isla tenía eso. Te quitaba comodidades, pero te regalaba recuerdos. Te exigía, pero te formaba. Te hacía extrañar la casa, pero también te enseñaba a encontrar familia en los compañeros. Con el tiempo uno empezaba a caminar distinto, a hablar distinto, a mirar el mar de otra forma.
También recuerdo los caminos interiores, los sectores altos, el viento cerca del faro, la humedad pegada en la ropa, el olor del comedor después de una jornada larga y esas luces de Talcahuano que se veían tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Todo eso se quedó grabado.
En 1982 el mundo estaba revuelto, y en el sur también se vivían momentos tensos por lo que pasaba en el Atlántico. Pero en la Quiriquina nuestra guerra era otra. Era contra el sueño, contra el frío, contra la nostalgia, contra las ganas de rendirse. Era aprender a cumplir aunque nadie te estuviera felicitando. Era entender que el uniforme no era solo ropa, sino una responsabilidad que había que ganarse día a día.
Muchos años después, cuando uno mira hacia atrás, se da cuenta de que la Quiriquina fue mucho más que una escuela. Fue una marca. Una etapa dura, sí, pero necesaria. De esas que en el momento uno reclama, pero que después recuerda con cariño.
Porque allá aprendimos que la camaradería no nace en los discursos. Nace cuando un compañero te ayuda sin que se lo pidas. Nace cuando todos están cansados, pero nadie se queda atrás. Nace en las noches frías, en las formaciones temprano, en las tallas para aguantar la presión y hasta en esos baños de mar que todavía, al recordarlos, me hacen sentir el frío en el cuerpo.
La Isla Quiriquina nos recibió como cabros y nos empezó a formar como hombres de mar.
Y aunque hayan pasado los años, aunque cada uno haya seguido su rumbo, hay recuerdos que no se borran. El sonido del mar en la noche, el viento pegando fuerte, las luces del continente y esa sensación de estar comenzando una vida distinta.
Porque uno puede dejar la isla.
Pero la Quiriquina nunca se va del todo de uno.

